¿Cómo regresar a las calles?

A cuartila abierta: Una columna de Juan José Campos Loredo

“Sobrevivir se convertirá en algo absoluto,
como si estuviéramos en un
estado de guerra permanente”.

Byung-Chul Han

No ha terminado la “cuarentena”. Bueno, eso es lo que nos dicen. Aunque luego parece que se desdicen. Pero entre que sí y entre que no, la gente comienza a inundar las calles. La necesidad apremia, las deudas, la falta de recursos para lo más mínimo; la comida de cada día, esa subsistencia que agobia, que no permite la sana estadía en la reclusión del hogar. No es el momento de salir de casa, pero “¿Qué otra nos queda?”, parece ser la reververancia más común en estos tiempos de dolorosa incertidumbre.

Pese a lo que los organismos de salud internacionales liderados por la OMS en base al ejemplo de otros países, los cuales mantuvieron durante varias semanas una férrea contingencia para evitar la salida a las calles de sus ciudadanos y aminorar los contagios y con ello, la mortalidad, en México, la premura del presidente López Obrador ha accionado a buscar la manera de regresar pronto a las rutinas laborales pre- COVID 19. La insistencia ya directa o soslayada en sus conferencias de prensa mañaneras, poniendo en momentos francamente penosos al vocero oficial del sistema de salud, el ya más que popular, Dr. Hugo López- Gattel, han sido tan evidentes, que debido mucho a esa conducta “rebelde e insubordinada” del jefe de la nación, esta ha servido como modelo para miles de mexicanos, que haciendo caso omiso de las recomendaciones de no salir, viendo la reiterada duda del mandatario, no han dudado a su vez, en mandar al carajo la instrucciones de cuidado y sana distancia exigida una y otra vez por las autoridades establecidas.

Y aquí el asunto de regresar a las calles. A la tan mentada “nueva normalidad” como se la ha llamado a esta nueva etapa de reinserción al menos, de manera oficial, de tres sectores de la industria, con la asistencia de miles de mexicanos que, a partir de este lunes 18 de mayo, han regresado a sus centros de trabajo. Las medidas de seguridad en este retorno se han anticipado como una muestra de cómo poco a poco, todos iremos volviendo a las calles para tratar de reencontrarnos con un “afuera” que, por varias semanas, se ha vuelto un temible ente al que había que temer como película de terror serie B, que nunca imaginamos podíamos llegar a vivir.

Y el regreso a las calles también será una dura prueba de confrontación con la nueva realidad: esa donde el desempleo mostrará su rostro más agresivo de los últimos cien años; esa, donde la inseguridad y la violencia del crimen organizado espera poder captar nuevas huestes urgidas por la carencia y la perra necesidad que violentará aún más a nuestra gente ante las débiles estrategias en seguridad implementadas desde el gobierno pese a la ostentación de la guardia nacional y el decretazo que permite la salida del ejercito a las calles “por razones de seguridad, que no, para atrapar narcos”, según justificaciones del presidente en turno.

Y viene ese otro factor: un gobierno anquilosado en sus prácticas, resentido en su accionar, soberbio en su toma de decisiones y fomentador de conductas deleznables de encubrimiento y amiguismos, solapadas desde el poder mismo, cuyas estrategias nada más no convencen, a quienes tiene la posibilidad de generar acuerdos en beneficio de todos y que dejan en el desamparo para un futuro no muy lejano, a los miles que comienzan a tratar de asimilar la “generosidad” en la entrega de recursos directos desde el erario público, para los más pobres y cuya certeza de esa continuidad esta hoy, más en duda que nunca. Los “privilegiados” de la 4T. O su carne de cañón rumbo al periodo de las elecciones intermedias de 2021.

Regresar a las calles y regresar a la nueva normalidad será lo más brutal que viviremos en los próximos meses, lo queramos o no. Y para eso, no estamos preparados. Volver a las calles, a los negocios, a las escuelas, será reencontrarse con un espejo donde ni siquiera el gobierno ha podido (o querido) prepararse. Estará en nosotros, como ciudadanos, forjar el nuevo caparazón que nos cubra y proteja a todos, más allá de las pobres acciones de un gobierno, que como a la ciudadanía en las dos tragedias surgidas del temblor de 1985, de 2017, le ha quedado mucho a deber. Pero que ella, a pesar de ello, ha sabido, con mucho, resolver.

La solidaridad social, la prometida por un gobierno que nada más, para todos, nunca llegó, será la tenga que trabajarse y surgir de las raíces de nuestra sociedad. No nos queda de otra. Comenzar a tejer las redes hacia algo distinto y positivo para todos. De no ser así, la pandemia, más allá de un virus, será de un contagio mayor aún, el de la desesperanza, esa, mucho más difícil y sin antídoto para suprimir.