El Informe de Campaña

Corte de Caja: Una columna de Luis Josué Martínez

La autodenominada “Cuarta Transformación” es un fenómeno que amerita muchas páginas de estudios sociales y políticos. Supongo que en varias universidades ya se alistan tesis e investigaciones que buscarán explicar este momento del país que el propio Andrés Manuel López Obrador califica como “cambio de régimen”.

Siempre he creído que el mayor éxito del hoy Presidente es la forma en que supo construir su propia imagen y venderla a millones de mexicanos. Desde que fue jefe de gobierno del Distrito Federal, con un discurso reaccionario, frases pegajosas, y algunas acciones de gobierno logró algo que muy pocos políticos consiguen: convencer a millones de que es un hombre honesto.

Se le reconoce al tabasqueño que durante los años que luchó como líder de oposición jugó ese papel de forma valiente y certera. Fue un agudo observador de la vida pública, implacable crítico del sistema. No se cansó de exigir cuentas y resultados a los gobiernos.

Lamentó y señaló los problemas que los mexicanos resienten desde hace décadas: violencia, pobreza, desigualdad, injusticia. Se acercó a la gente y esta le dio su confianza. Su diagnóstico sobre el país es incuestionable.

Pero cuando profundizamos en las características del personaje y vemos más allá del “ideal” que construyó de sí mismo, hay un tema que genera en varios círculos –por decir lo menos- suspicacias. Me refiero a su visión unilateral de la realidad.

A veces parece que el Presidente cree que sólo él tiene la razón y “su verdad” es superior a cualquier otra. Esto le da “autoridad moral” para descalificar a todos los que no piensan como él. Está convencido de que su visión del país y los planes que ideó para mejorarlo no sólo son necesarios sino inevitables; quien se atreve a cuestionarlos es “un adversario”, “un conservador”, un enemigo que mezquinamente está en contra del único proyecto capaz de transformar a México: el suyo.

Andrés Manuel López Obrador cree que sólo él puede dirigir a este país con honestidad, rectitud y justicia. En su lógica la historia de México se ha marcado a partir de tres transformaciones encabezadas por hombres “tan grandes como él”: Miguel Hidalgo, Benito Juárez y Francisco I. Madero. En esa fotografía de la historia él quiere ser el cuarto.

Tal vez por eso se enoja cuando se le compara con los impresentables de la historia nacional: Carlos Salinas, Felipe Calderón o Vicente Fox. “No me compares que no somos iguales”, “que nos comparen, eso sí calienta”, “yo sí tengo autoridad moral”, son frases que ha expresado cuando alguien se ha atrevido a decirle que su gobierno comete acciones u errores similares a los de sus más recientes predecesores.

Contribuiría mucho al debate público recordar que Andrés Manuel López Obrador es un ser humano, por tanto tiene las mismas tentaciones de cualquier otro en su condición; y como todo hombre posee virtudes y defectos; comete aciertos y errores; dice verdades pero también miente. En ocasiones tiene razón pero en otras se equivoca. Es Presidente de México y mucha gente cree en él, pero haber convencido a millones de ser “un gran hombre” no te convierte en alguien perfecto e infalible.

Andrés Manuel López Obrador es un político y el trabajo de todo político es construir realidades, contar historias y usar esas “mitologías” para seducir a los votantes. El Presidente de México es tan buen político que construyó el mito de su autoridad moral superior a la del resto de los servidores públicos y en las elecciones de 2018, ante el hastío por gobiernos ineficaces y corruptos; impunidad y violencia, 30 millones de personas le compraron esa historia.

Pero no existen –y menos en política- los hombres inmaculados. Por eso desde hace poco más de dos siglos el mundo inició un proceso para abolir los sistemas que concentraban el poder en una persona (monarquías) para construir lo que conocemos como democracias liberales, que aunque son imperfectas tienen un gran atributo: su prevalencia no radica en las cualidades del mandatario en turno sino en la solidez de sus instituciones.

Ese es quizá uno de los grandes rezagos de México: en dos siglos de vida independiente hemos buscado soluciones a nuestros problemas mediante hombres fuertes y caudillos; mientras que la fortaleza institucional de nuestra democracia ha sido un proceso lento y entorpecido por –¿qué cosas no?- los políticos.

La democracia y sus instituciones nacieron para marginar las tentaciones de los hombres imperfectos (tómese como pleonasmo puesto a propósito), pues darle demasiado poder a una sola persona representa siempre un riesgo de autoritarismo.

Las crisis por las que atraviesa el mundo han generado un desencanto social ante las democracias y en varios países se le ha entregado la autoridad a líderes populistas: aquellos que creen tener “la única verdad”; quienes seducen a las masas con un discurso de “ellos los malos y nosotros los buenos”. No les gusta rendir cuentas ni tener instituciones que los normen. Quieren el poder porque se saben merecedores del mismo.

En su obra ¿Qué es el populsimo?, Jan-Werner Müller afirma que el núcleo de este tipo de liderazgos “es un rechazo extremo de la diversidad: los populistas afirman siempre que ellos, y sólo ellos, representan al pueblo y sus auténticos intereses”.

Desde hace 18 años el discurso de Andrés Manuel López Obrador ha sido principalmente político. Con el tiempo esto se acentuó en su plataforma de gobierno. Esbozó ideas que supo compactar en frases y conceptos como “mafia del poder”, “cambio de régimen”, “neoporfirismo”, “neoliberales”, “minoría rapaz”, “cuarta transformación”. A cada una de estas -y muchas más- les  dio un valor moral y lleva más de una década difundiéndolas alrededor el país.

Todo político construye conceptos, ideas y arquetipos para ganar elecciones pero una vez en el poder su tarea es difuminar ese discurso: quitarse la cachucha del candidato y ponerse la del gobernante. Dejar a un lado las etiquetas para trabajar con números; deshacerse de descalificaciones y esbozar políticas públicas. Trabajar y ofrecer resultados.

Sin embargo para López Obrador –y así lo dijo en su informe – las mediciones cuantitativas son “obsesiones tecnocráticas” y lo importante es la distribución equitativa del ingreso y la riqueza. ¿Por qué separa una cosa de la otra? Él sigue gobernando como si buscara ganar una elección. Su informe no fue uno de gobierno, fue un mensaje de campaña.

Aunque los primeros informes de Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto no fueron muy distintos. La estrategia discursiva de López Obrador es mucho más efectiva pero también mucho más ideológica.

Desde Palacio Nacional el tabasqueño lleva casi un año relacionando al neoliberalismo con la corrupción –cuando la corrupción es un fenómeno mucho más complejo resultado de la mala aplicación de la ley y de un sistema jurídico que incentiva la ilegalidad en lugar de castigarla, y no es inherente a determinado modelo económico-; desacredita instituciones de la sociedad civil y a medios de comunicación que lo critican –cuando muchos de estos fueron claves en las denuncias a los excesos y corrupción del pasado-; ante las crisis primero fomenta teorías de la conspiración en lugar de asumir responsabilidades; -como en el combate al huachicol y el desabasto de medicamentos-. Pero lo más preocupante es que miente con tal de no contradecir su imagen de “hombre honesto”.

Salvo algunos atisbos de mesura el mandatario parece empeñado en seguir construyendo realidad. No ha comprendido que su trabajo como Presidente no es convencer a toda una nación de pensar como él, sino gobernar junto a la pluralidad y a pesar de ella.

30 millones de mexicanos le dieron su voto con la esperanza de que sea un buen líder no para que nos demuestre todos los días que es “moralmente superior”. México es mucho más que su concepción del país y buena parte de los actores que suele descalificar buscan lo mismo que él: construir un país mejor, (solo que en ocasiones con recetas distintas). ¿Por qué no asumir que en las divergencias se puede hacer equipo? A diferencia de sus antecesores tiene la legitimidad así como el respaldo social para unir al país. Optar por lo contrario sólo sigue deteriorando nuestra democracia e incrementa paulatinamente los riesgos del populismo autoritario. Y México se merece mucho más que eso.