«Todo cambia, todo se transforma:
todo sigue igual.”
Carlos Monsiváis
El presidente López Obrador está confundido. Confunde austeridad con el de ser un vil cuentachiles. Eso sí, un cuentachiles de izquierda, dirá. Y desde ahí su confusión. O al menos eso parece dejar en claro con cada paso que da. Son pasos sin huarache dirían los más curtidos. Un presidente de la esperanza que llegó con todo a favor y solo las meras suposiciones de él mismo y su equipo, de que algo podía salir mal de la mano de sus “opositores”. Con la mirada siempre puesta en la idea bizarra del “complo’”, no ha habido nadie más diestro para aplicar el mentado complot a su gobierno, que su propia persona, su reacia personalidad, sus ganas de cambiar todo…para que nada pueda cambiar.
Desde el inicio de su sexenio se puso la camiseta de salvador de los lastres, dejados por los gobiernos autoritarios priistas y los blandengues surgidos del panismo, encarnados por Vicente Fox y Felipe Calderón, ambos en la ruta de la pusilanimidad al tratar de justificar su irregular llegada a los pinos, con acciones infames para nuestro país, en medio de alianzas y negociaciones nefastas, ya con el partido en el poder como con las televisoras, en asuntos de caro y trágico costo para nuestra democracia, seguridad y economía nacional.
López Obrador llegó con todo. Y parece hacer todo lo posible por irse sin nada. Ya su mandato, en aras de la austeridad republicana, ha ido sin pedir cuartel contra madres de familia y su derecho a guarderías; contra científicos, artistas, asociaciones civiles, empresarios, prensa de todos lo ordenes, donde para él, todo aquel que no entienda su misión histórica de erradicar de raíz la corrupción y se atreva al cuestionamiento, será claro objeto de vilipendio ante el poder del estado que AMLO representa. Y esa postura autoritaria del presidente está muy mal.
La mafia del poder encarnada por los empresarios -aún en la lista de Forbes-, Slim, Salinas Pliego y Azcárraga (¡quien carajos iba a decirlo!), son ahora aliados y los consentidos de la 4t. Caso contrario -y abominable- el de los luchadores de izquierda, o a la que ahora llama prensa fifí, que de aliados, según el mandatario, pasaron a ser opositores, ya no los necesarios para el buen funcionamiento de toda democracia, sino que al no mostrar coincidencias con el nuevo régimen, son ahora denostados, puestos en la guillotina en “La Mañanera”, ese ejercicio, en un principio aplaudible como lo que se pensaría sería una constante rendición de cuentas y no lo que se convirtió: un ajuste de cuentas malsano y muchas veces vil; los “adversarios”, expuestos al escrutinio meramente gandalla, por solo no estar de acuerdo con los dichos y hechos del señor presidente de la república. Así era la usanza del viejo PRI que ahora se vislumbra en el morenista llegado por la sana vía electoral con mayor participación en la historia de nuestro país.
El coronavirus ha sido la prueba de fuego de esta administración. Y esta, no ha sabido salir bien librada pese a su propaganda oficial. La duda sobre las cifras, los métodos, las maneras y formas de cubrir e informar lo que ahora vive el mundo entero; y que enfoca a nuestro país como una de las administraciones que ha llevado esta pandemia de la manera más irregular y con serios riesgos a la población en general. Una prueba donde a la falta de sensibilidad y prudencia del mandatario, ha generado el surgimiento de una figura como la del sub-secretario Hugo López-Gattel, quien se agranda y abre ese camino a líderes que hoy, como nunca, pocos se ven en el panorama público y político de México.
La crisis del COVID 19 nos quitará mucho, pero sin duda, la prueba de fuego del presidente de la república, será una prueba que dejará más cosas que lamentar, que situaciones para celebrar. La 4T no llega– ni mucho menos llegará-, ante una tragedia de salud de proporciones inimaginables y cuyas consecuencias económicas y sociales, se prevén como hace mucho no se veía, catastróficas.
Un líder confundido, sin visión, de encono, de cuentachiles contra sus “opositores” y alejado de una realidad que él mismo dejó, en la simple situación de ganar y llegar como lo soñó durante 18 años a la presidencia de este país, para hasta el momento, quedarse en la nada, en las meras intenciones, en los sueños guajiros de un sexenio que, a estas alturas, ya no le alcanzará. Es tristeza de muchos, decepción de tantos más. Y obstinación de otros que no quieren, como Andrés Manuel López Obrador, ver la realidad de un mandato difuso, extraviado, perdido… y más que confundido.
Esto va rumbo al fracaso. Es difícil predecir otra cosa cuando las acciones dejan ver ese panorama en claro. Y el culpable no será el gobierno. No. La culpable será la pandemia, como una opositora más al “proyecto de nación, al de la esperanza”. Culpable ella y sus circunstancias y no el asumir la propia irresponsabilidad de un gobernante que no supo ni quiso, a bien común, gobernar con sanidad, con todos y para todos. Un presidente, como todos los de la historia de este país, de cuentachiles, pero aquí, con bizarra noción de izquierda. Y eso, es lo que nadie se esperaba: Un cuentachiles de izquierda.






