En los años ochenta, las películas de acción eran en buena medida las que sostenían la taquilla, las balas infinitas de Rambo y los personajes de Schwarzenegger no dejaban —literalmente— títere con cabeza. En México, para no ser menos, siempre estaban los hermanos Almada y Valentín Trujillo para contener a los malos. De aquel lado de la frontera, se peleaba contra los enemigos del Tío Sam, acá, contra un enemigo relativamente nuevo, pero peligroso: los narcos.
En ese entonces los narcos eran malos malotes salidos del huacal, con ejércitos de sombrerudos fácilmente abatibles; émulos de Pedro Navaja, prófugos del post-pachuco o “punks” satánicos de pelucas extravagantes a medio camino entre Johny Rotten, Divine y Bozo. Los malos eran malos y los buenos, buenos, aunque a veces las circunstancias los llevaran al lado oscuro; en Pistoleros famosos, película piedra angular del Cabrito western, Lucio Peña, nuestro inmortal Mario Almada, después de vengar la muerte de su hermano, se une a una banda de traficantes para eliminar al jefe, es decir, toca los límites de lo malo, pero su propósito, aunque fuera de la ley, es por un bien mayor.
Hoy las cosas son distintas, pero no nuevas; ya hace décadas, la imagen de quien trasgrede la ley había pasado del blanco y negro a las variantes del gris; la figura del antihéroe, esa cosa ambigua que no es mala, pero tampoco buena, y sin embargo nos es empática como público, resulta ser mala. Dados los lamentables acontecimientos en Culicacán la semana pasada, volvió a cobrar relevancia una exigencia legítima de la sociedad (bueno, de una parte de la parte que tiene acceso a internet, y de esa parte quienes tienen redes sociales, y de esa, quienes tienen esta opinión) para que se dejaran de exhibir y realizar series sobre narcos. Ok.
De acuerdo a Chelo (perdón, me refiero a Marcelo Ebrard, nuestro Canciller, así le llamamos los cuates); la imagen de México está prejuiciada -y se lo han dicho altos ministros de otros países- por los guiones de las series que abordan el tema del narco, los cuales provocan que los potenciales turistas cancelen sus planes y que acá bañemos en oro las cachas de nuestra fusca. Yo aprovecho el ir a comprar el periódico por las mañanas para ejercitarme evadiendo las balas de los enfrentamientos que son el pater noster de cada día, no hay mejor ejercicio de cardio.
La violencia en los medios de comunicación, principalmente en los audiovisuales, ha cobrado un papel preponderante en el tiempo de exposición; cada vez es más frecuente ver películas y series en las cuales los narcos son tratados como personas y no como la bazofia que deberían ser por precepto, de acuerdo a los criterios morales vigentes en nuestra sociedad. El rol de la violencia tiene un reclamo cada vez mayor por parte de una sociedad alienada quien ve, aplaude y reproduce -según este concepto- cuanto le es inculcado como una masa amorfa e incapacitada para generar juicios particulares.
No voy a hacer acá una relatoría histórica de como se ha abordado el rol de los personajes de acuerdo a su contexto y posición actual, porque nadie va a leer eso, pero si quiero, en apoyo a quienes hablan de violencia desbordada, hablar de que, por ejemplo, no se puede hacer una historia de una persona puesta a prueba por su líder, retado por otro ser poderoso quien le dice su fidelidad es falsa. El Patrón acepta y entonces al sujeto de la apuesta le llueven tantas calamidades tan cruentas omitidas de este relato por respeto a los lectores y su salud mental, sus cercanos le restriegan que es su culpa cuanto sucede, hasta el punto límite, despojado de todo rastro de dignidad, solo —pues su familia y cuantos quiere han muerto—, sin posibilidad de sustento, aterido, famélico, miserable; el patrón le dice algo como “¡Aaaahhh, te la creíste! ¡Era puro cotorreo para ver si me querías!”. Hay una saña terrible, miserable, indigna de ser contada porque eso motivaría a la gente a hacer lo mismo que el Patrón, subajar al prójimo porque el Patrón es un ejemplo.
O imaginemos que quien lidere una sociedad (sea municipio, estado o país), nos aliente a tomar ciudades a sangre y fuego, matar a los hombres, esclavizar a mujeres y niños y exterminar a cuantos no pertenezcan a su propio grupo y hacer prevalecer la supremacía del líder. Ninguna de ambas historias es moralmente aceptable de acuerdo a los cánones actuales ¿No? Sin embargo, ambas son retomadas del libro más influyentes del mundo occidental desde hace veinte siglos y diecinueve años, la Biblia. El primer ejemplo es la historia de Job y el segundo del Deuteronomio, el libro que marca el código de ética para los creyentes del cristianismo, que luego se sigue de largo en la utilización de mujeres como objeto por mandato divino y otras linduras.
Ese es el código sagrado que debe seguir más del tercio de la población mundial, quienes profesan el cristianismo, aunque la mayor parte lo desconoce ¿Culpamos entonces de la violencia, misoginia, racismo y demás a este texto, porque la gente lo lee e inculca a las nuevas generaciones? Eso se hace con la ficción que, atendiendo a nuestro tiempo, inculpa a las películas y series de narcos de la violencia predominante en el país. Prohibamos la Biblia para que nadie sea violento, pues.
Prohibamos al cerdo acosador de Gabriel García Márquez, que nos presenta a un ser repugnante que por más de medio siglo acosa a una mujer en El amor en los tiempos del cólera, prohibamos las películas de El Padrino, pioneras en glorificar a la gente fuera de la ley y darles una dimensión humana en lugar de ponerles en su lugar. Prohibamos de manera retroactiva e inmediata cuantas muestras de violencia se hayan expuesto en los medios de comunicación masiva como parte del aparato ideológico del estado. Prohibamos también los cuentos de hadas porque reproducen estereotipos de clase y género que manchan a la sociedad, además de que siempre matan al malo y, como nos enseñó Chespirito: la venganza nunca es buena, mata el alma y la envenena.
La responsabilidad exclusiva de la violencia actual en México se encuentra en otro lado, fuera del Estado, cerca del pueblo malo. Todo es por ver series y películas de narcos; La familia, la educación emergida en esta, el entorno social, las condiciones económicas, no tener tiempo para nosotros, y más, es culpa nuestra, nunca de quien nos gobierna, por eso le elegimos, para ser guía incuestionable y absoluta, la responsabilidad es nuestra.
Cuanto percibimos a diario no existe, niñas, niños, señoras, señores e intermedios, es producto y culpa de esos malditos productores que hacen series y películas para incitarnos al mal. Y no es mentira, lo dice la Biblia. Hay que leerla.





