Georges Perros, el gran filósofo desconocido del siglo XX, escribió: “Amar es darle a alguien el derecho -cuando no el deber- de hacernos sufrir”. Estoy de acuerdo con ello desde que la leí por primera vez en el suplemento La Jornada Semanal la fría mañana del 2 de enero de 1994. Pero ahora la entiendo de una manera distinta. Más fuerte, tal vez. Y sigue siendo cierta para mí en distintos niveles. En ese primer instante con el romanticismo inocente de un jovencito; ahora con la amarga sinceridad de la experiencia.
En 1789, en sus Cantos de la inocencia, William Blake escribió:
…Porque la Misericordia tiene un corazón humano.
la piedad un rostro humano,
y el Amor la divina forma humana,
y la Paz el ropaje humano.
El amor, en cualquiera de sus formas, nos lleva a ver un mundo distinto. Blake venía de una decepción cuando conoció a Catherine, quien se convertiría en su esposa y compañera de vida, además de apoyarle en su desarrollo como artista a la vez que él le compartía enseñanzas; tal vez de ahí viene la belleza de estos Cantos, distintos por mucho a su obra plástica, siempre densa, con una línea de dolor marcada en los trazos. Sí, es cierto, el amor ilumina, abre caminos, genera químicos en el cerebro que nos llevan a estadios de alegría y paz interna; eso está comprobado científicamente. También que buena parte de ese estado es precisamente químico, no constante y por tanto, de corto aliento.
Como especie, requerimos del amor como una forma de lidiar con nosotros mismos y el entorno, primero con nuestros familiares y más tarde con una persona elegida a partir de la figura que nos hemos formado como modelo para complementar: la media naranja. Es una construcción social. Pero cierta. Dependemos de eso de una u otra manera, nadie está ausente de ello. Cuando logramos encontrar a alguien a quien consideramos cumple nuestras expectativas, llega el amor; a veces correspondido, a veces no, y justo en ese desequilibrio es donde nacen las historias y la madurez de nuestras vidas. Lo menos común es que haya un equilibrio, pero con el afán de mantener el vínculo, llegamos al punto que menciona Perros en su aforismo. Para mi realización personal amorosa, tengo que sufrir y he elegido a quien tiene el derecho de provocarme eso. Gracias al sufrimiento, pervive el amor.
A veces incluso después de cuando deja de estar con nosotros esa persona, cuando llega La Ausencia. Un sentimiento sin nombre en nuestro idioma, el amor persistente ante el abandono. Supongo será como cuando perdemos una extremidad del cuerpo y seguimos pensando que incluso lo sentimos, o cuando muere de una forma repentina, inesperada, algún miembro de la familia. No hay nada peor que ese tipo de ausencia. Las dimensiones de vacío hasta llegar a nuevo puerto son las más profundas y dolorosas. Muchos no llegamos a la otra orilla.
Tuve un rompimiento sentimental así del cual no he podido salir; a veces salgo a flote, pero en la mayor parte del tiempo sigo hundido, a punto de ahogarme, en medio del océano. A veces nado, a veces dejo que pase lo que sea, pero cuando levanto la cabeza sigo nadando aunque no se ve ningún rastro de salvación cerca. Cuesta mucho, pero cuando vi una pequeña lancha lejana, comencé a tratar de nadar hacia esta. La mayor parte de las veces me arrastra la corriente y muchas veces me rindo y se lo permito; ya, que me lleve. En esos momentos de dejadez pienso en las malas decisiones, mis malas acciones y por eso me dejo ir. Es el peso de la experiencia. En todos los aspectos, pero ahora estoy hablando del amor. Y es el sentimiento que nos lleva a las peores decisiones, las cuales nos harán sufrir; en eso se equivocó Perros. La mayor parte de las veces la permisión de que nos hagan padecer no es consciente, es algo que a la luz del enamoramiento aceptamos, mas luego nos daremos cuenta que no tiene razón. Y sobre todo, que la culpa de los males no es exclusivamente nuestra.
La experiencia es un océano. Cada día más salvaje e innavegable, cada día tragando con fiereza nuestros puertos, rompiendo y tragando todo. Y aún así, a veces el faro del amor absurdo sigue incólume, resistiendo. Iluminando en la oscura imposibilidad de la noche.
E insistimos.
Años después, Blake escribió los Cantos de la experiencia, no se publicaron mientras vivía, pero en estos reflejó tanto como aprendió desde 1789. Y dijo:
El ropaje humano está forjado en hierro,
La forma humana una forja ardiente,
El rostro humano un horno sellado,
El corazón humano su fauce hambrienta.





