– ¿Qué sucedió, BoJack?
– Lo mismo que pasa siempre; no me conocías, te enamoraste de mí, y ahora me conoces.
Tengo muy presente mi peor pesadilla. Alguien me obligaba a cargar una piedra enorme, inverosímil; pero con mucho esfuerzo podía. Entonces el ente le ponía encima una aguja y ahí caía, era imposible levantar tanto. Y el ente se burlaba, y su risa se escuchaba como la de mil personas al unísono. Y cuando volteaba, no estaban esas personas. Ni él. Solo yo y mi mente.
La depresión funciona así.
Vivo con esa enfermedad.
-Uno de mis sicólogos dice que es endógena, yo no le creo mucho- y las actividades que realizo me llenan: doy clases para gente que se está preparando para ser comunicólogos o cineastas, las dos profesiones que más amo, y en las que sé puedo servir, escribir y preparar. Pero no dan para comer- pero estoy ahora dispuesto a la ayuda. Creo.
En Las Fuerzas Vivas (Luis Alcoriza, 1975) en un momento en Profesor clama por igualdad y justicia mientras un pueblerino le dice “pues usted tiene sabiduría y cultura”, y él, desencajado por su realidad, le responde “¡Pues hazte un taco con eso! Bojack Horseman es lo contrario: ganó tanto dinero por una serie olvidada de los 90 que ahora no puede lidiar por ese éxito efímero. Muy lejano a la realidad mexicana. Y aún con eso es tan cercano a nosotros.
En cada momento busca reivindicarse, pero no sabe cómo, ni por qué; simplemente se arrepiente de una parte de su vida, y cada uno de sus personajes viven la misma circunstancia. Cada temporada tiene un objetivo distinto que no reconoce como tal hasta que se anexa. Bojack somos todos. Y también Diane, Mr. Peanutbutter, Princess Carolyne y el estúpido de Todd. Todos somos eso.
Iba a escribir una aburrida columna de cómo me siento. No me salió. Tampoco de la serie que adoro y creo que es aburrido de todas formas mi texto. No somos nada superior ni inferior a las grandes estrellas de Hollywood. Todos estamos jodidos. Todos somos eso.
Bojack no habla de sí mismo, es una serie que habla de la depresión de muchas maneras, y cada uno de los personajes mencionados son un aspecto de ellos. Princess Carolyn va adelante de todos, aunque su trabajo sea decirle a los demás que están bien; Diane, que no sabe, y nunca sabrá quién es. Mr. Peanutbutter, siempre rechazando el fracaso de su persona.
Y hay un par de secundarios, la madre de Bojack y Hollycock, quienes cargan un peso sicológico terrible y el torpe Bojack no sabe sostener. El encanto de su creador y guionistas es que saben como hacer la contra de Hollywood, por eso al suyo le falta la letra final, porque aquí no hay finales felices, como tampoco en la vida propia. Hay capítulos como el funeral de la madre, que es un chiste macabro y denso del cual es difícil reírse cuando lo descubrimos; porque la vida es así, un chiste pobre y absurdo.
En su penúltima parte, el caballo se internó en una clínica para desintoxicarse, y lo hace mal, siempre termina afectando a otros. Estoy por comenzar la última parte y sé que no va a terminar bien, y no debería hacerlo, la vida es un camino que nunca es claro ni cómodo, pero me gusta cómo va la situación y la posible resolución; el happy ending, Bojack muy probablemente va a encontrar la solución para la respuesta que buscamos quienes estamos en esa situación: ¿Para qué mejorar? ¿Para qué tratar de salir? Espero que la encuentre.
Habemos quienes no.










