Distinguiendo polémicas

Corte de Caja: Una columna de Luis Josué Martínez

Andrés Manuel López Obrador es un genio de la comunicación política. El presidente de México es politólogo de profesión, pero desde hace cuarenta años se ha dedicado básicamente a “hacer grilla”; algunas veces desde el servicio público y casi siempre a través del activismo social.

No es particularmente reconocido como académico, aunque sí ha escrito algunos libros de historia y otros para difundir su plataforma ideológica. Pese a lo polémico que es, propios y extraños suelen reconocer en el tabasqueño su cercanía con la gente.

Es un político que construyó su carrera a pie, desde los tiempos en su natal Tabasco defendiendo los intereses de las comunidades petroleras, hasta su época como jefe de gobierno del Distrito Federal. Si ganó la presidencia en 2018 fue, en gran parte, porque logró convencer a sus votantes de ser un político diferente: alguien que habla, camina, y siente como lo hace el pueblo.

Por eso sus frases hechas y las acciones que muchos llaman “ocurrencias” conectan tan bien con la gente: viajar en vuelos comerciales, no habitar Los Pinos, desaparecer el Estado Mayor Presidencial, retirar la pensión a ex presidentes, grabarse mientras come gorditas o barbacoa en sus giras por la República, son sólo algunas de las estrategias que no encontraremos en ningún libro de comunicación política pero que López Obrador ejerce con espectacular maestría, eficacia y naturalidad. Las personas le creen, pues nadie pone en duda su autenticidad. No lo ven como un político simulando para ganar votos, sino como alguien de carne y hueso que actúa como realmente es.

Quizá a esto se deba que, pese a muchas de las erráticas acciones del gobierno federal en su primer año, la popularidad del mandatario no ha sufrido grandes reveses: según la encuesta de El Financiero presentada el 6 de enero, 72 por ciento de la población aprueba el gobierno de AMLO. El más reciente #AMLOTrackingPoll diario divulgado por El Economista y realizado por Consulta Mitofsky le da al mandatario mexicano 57.6 por ciento de aprobación.

Andrés Manuel López Obrador no sólo es excelente para fijar agenda y mantener su popularidad. La “buena fortuna” -por llamarle de algún modo- también suele acompañarlo. Una evidencia es que, en las primeras semanas del año, la opinión pública volcó su atención a temas muy polémicos pero que en el fondo son poco relevantes, sobre todo si tomamos en cuenta los grandes problemas que vive el país y las deficiencias que, en más de un sentido, ha mostrado este gobierno.

En días pasados, las redes sociales y las conversaciones sobre política se enfocaron en dos “catástrofes”: El nacimiento en Houston del primer nieto del presidente y la intención de AMLO por rifar el avión presidencial. Explicaré por qué, desde mi punto de vista, es inútil dedicar mayor atención a ambos temas.

El nacimiento de Salomón Andrés López Adams. López Obrador es un servidor público,  como tal, las acciones del presidente que atañen a los ciudadanos son, precisamente, las de carácter público. Esto aplica para cualquier funcionario. No debe importarnos a qué se dedican sus hijos o cónyuges, ni las actividades particulares de estos, a menos que incidan en alguna circunstancia púbica.

Ejemplos hemos tenido: que la esposa de un presidente financie su casa a través de uno de los contratistas favoritos de su marido (como fue el caso de la Casa Blanca de Angélica Rivera), o que el Estado Mayor Presidencial abuse de su poder y casi mate a un empresario extranjero para proteger a los hijos del mandatario en turno (como ocurrió con los vástagos de Ernesto Zedillo en 1997 durante un concierto de U2).

Hasta ahora, nada como esto es evidente en el caso del nacimiento del hijo de José Ramón López Beltrán. Por lo que se sabe, el parto fue pagado con los recursos del hijo de AMLO y su esposa. No hubo corrupción ni manejo de presupuesto público.

Y aunque para muchos parece que sí, el que su nieto nazca en Houston no contradice su vocación a favor de los más necesitados. La historia de López Obrador como líder social y sus acciones e intenciones en pro de los pobres no se deslegitiman porque uno de sus hijos tenga una situación financiera holgada. Además, José Ramón tiene 38 años, seguramente hace tiempo que dejó de pedirle permiso a su papá para decisiones que le corresponden a él y a su esposa.

Las críticas y memes surgidos a raíz de que Salomón Andrés no nació en el IMSS, ISSSTE o INSABI parecen vertidas desde el estómago y resentimiento; no desde la cabeza y la razón. A muchos parece emocionarles la sola idea de que AMLO resulte un hipócrita, y en ese festival de bilis pasan por alto las verdaderas crisis que el país atraviesa.

La rifa del avión presidencial. Es un asunto que al presidente se le salió de las manos. Desde mucho antes de la campaña presidencial lanzó críticas severas a este armatoste. “No lo tiene ni Obama”, decía en unos spots que circularon en aquel ya lejano 2016. 

Pero AMLO nunca imagino que, llegado a la presidencia, sería tan difícil deshacerse del Boeing 787-87. Luego de un año fuera del país sin encontrar comprador, el avión regresará a México. El presidente ha propuesto que sea rifado a través de la Lotería Nacional.

Es un tema polémico, suigéneris y hasta gracioso. Pero no es el mayor problema del país. Las críticas al avión suelen ser desde el punto de vista económico, sin embargo hay acciones de este gobierno que afectan de forma más severa a las finanzas públicas.

El avión fue adquirido por Banobras durante el sexenio de Felipe Calderón a un costo de 218.7 millones de dólares, después fue arrendado al gobierno mexicano por 15 años, con la obligación de seguir pagándolo mediante recursos públicos hasta 2027. Al cierre de 2019, el gobierno mexicano había gastado en el pago de deuda más intereses 96.5 millones de dólares y quedaba un remanente de 143.4 millones. A lo largo del año pasado, el gobierno gastó 1.6 millones de dólares en su mantenimiento fuera del país.

Curiosamente, el gasto original por la compra del avión representaba, aproximadamente, apenas el 0.01 por ciento del presupuesto anual federal. En proporción el costo de haberlo tenido parado un año es mucho mayor (pues hay que tomar en cuenta que el gobierno desembolsó dinero público para no usarlo). Tan sólo el gasto estimado para los 25 proyectos prioritarios de López Obrador en este 2020 asciende a 50 mil millones de pesos. La venta del avión es un símbolo no un beneficio a las finanzas públicas. La rifa es una “ocurrencia” que  seguramente el gobierno resolverá de un modo que no le genere mayores costos, ni tampoco mermará su popularidad.

Problemas de fondo en México: la mala operación para desaparecer al Seguro Popular e instaurar el INSABI de forma apresurada y sin planeación, lo que está provocando que 50 millones de mexicanos no tengan certeza sobre su seguridad social.

La errónea planeación de obras de infraestructura cuya ejecución podría costar más de lo presupuestado. Proyectos como Dos Bojas, Tren Maya y Corredor Transístmico, si no se realizan con extremo cuidado, podrían significar derroches por miles de millones de pesos.

De acuerdo con el SESNSP ya sabemos que 2019 fue el año más violento de la historia con 34 mil 582 homicidios dolosos en todo el país, mientras tanto, la Guardia Nacional apedrea migrantes en la frontera sur.

Se viene una reforma judicial que no resolverá los problemas del actual modelo y nos podría regresar a muchos de los vicios del pasado.

Ante casos de probable y auténtica corrupción como los de Manuel Bartlett y Napoleón Gómez Urrutia, la Secretaria de la Función Pública Irma Eréndira Sandoval prefiera seguir el ejemplo de su antecesor Virgilio Andrade. Al parecer cada gobierno protege a sus corruptos.

En resumen, distingamos los debates que realmente tienen que ver con los hechos que lastiman a la nación. No caigamos en la trampa de las redes y quizá del mismo gobierno. Bienvenida la polémica, pero para aquellos asuntos que merecen ser discutidos. Salgamos un poco de nuestro habitual vecindario cibernético. Veamos más allá de aviones y nietos.