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II. País de canallas

Días de Babilonia, una columna de Alex Valencia.

Érase un país de canallas. Desde tiempos casi inmemorables sus habitantes habían sobrevivido de las gotas que caían de la ubre más raquítica de una Bestia omnímoda de la cual aprendieron las mañas de la antropofagia. Eran, sin embargo, seres en el fondo buenos. Algunos podrían rescatarse y volver al sendero de la luz, los demás porfiaban de irredentos.

Un día cualquiera, digamos un domingo a las dos de la tarde, comenzó a difundirse de a poco un rumor que mientras se ampliaba en extensión lo hacía también en leyenda: Hay un Elegido; surgirá de las entrañas de la propia bestia, quien al crearlo ignorará que ahí está cifrada su perdición. La confianza, sin embargo, era poca, hubo incluso elegidos apócrifos que confundieron al pueblo canalla y llegaron por un tiempo a adorarles, sin embargo pronto mostraron su pobre realidad y falta de talento para cambiar al pueblo.

Al sur del país, un joven hijo de La Bestia veía con embeleso su imagen reflejada en charcos de petróleo puro, con la idea fija de que un día iba a ser amado por los canallas y así dejarían de serlo.

Y he entonces que luego de varios lustros, logró hacerlo. En una encrucijada mató a su padre, la Bestia, y se casó con su madre, La Silla. Los canallas vibraron, para bien y para mal, vitoreando y odiando al Elegido, quien en un golpe de autoridad señalaba desde un alto púlpito quienes eran canallas redimidos y quienes se habían convertido en villanos, los adversarios, a quienes habría que exterminar hasta que no quedaran ni sus cenizas.

Los canallas que se volvieron villanos surgían de todos lados, sin piedad para ver el beneficio que El Elegido era en sí solamente por existir. Él, en su grandeza, definió a partir de entonces quien era bueno y quien era malo, con su profunda sabiduría sabía ver quien era aliado y quien mamaba todavía de la Bestia.

Tumbó los molinos de viento y dejó correr a los dinosaurios ante la aprobación del mamut más grande de su imperio, pero los canallas villanos querían tirarlo, enfermaban de cáncer a sus niños, producían energías limpias, compraban autos legalmente, se querían victimizar a toda costa en un tiempo en el que el Elegido debía ser incuestionable- Eran villanos.

Los villanos se enferman, tienen hambre, necesidad de trabajar, una serie incontable de malestares impostados por su maledicencia, el Elegido es incuestionable, inmaculado, preciso, Él es quien decide todo de acuerdo a quienes son dignos y quienes fallan; sabe que el combustible de los dinosaurios le deja más dinero que el aire y el sol, que no siempre soplan ni aluzan. Es perfecto pese a sus errores. Y lo será siempre porque está sentado a la derecha del padre y reinará aunque la mano le tiemble, y terminará sólo y olvidado.

En su cabeza va a pensar que fue importante, pero la verdad es que no mató a la bestia. La abrazó, vivió en su regazo, no fue nadie sin ella; jamás mató a su padre, vive a su lado, lo perpetua. La profecía fue errónea. La mierda no nos iba a ser limpiada, vendría el Elegido a acabar con todo. El hijo de la Bestia es más grande que la bestia misma.

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