La picazón de la sarna

A Cuartilla Abierta: Una columna de Juan José Campos

“El hábito de la desesperación es peor
que la desesperación misma.”
Albert Camus, “La Peste”

No hay interlocutor. Eso quedó claro para todos. Eso se asemeja al vacío. El país está en el vacío. Eso escuchaba en los desayunos, en las comidas y hasta en las cenas de los comensales. Él, Julián, no lo creía así. Durante muchos años había aspirado a la esperanza. No la había perdido.

¿Pero sí le quedaba claro que por ahí no iban las cosas? -Estás pendejo, Julián-. Le escuchó decir a su compañero. –No´mbre, tú, la congruencia sigue siendo el camino, Eulalio. No nos va a fallar-. -´Tás, cabrón, Julián, neta-. Él no dijo nada. Los casi treinta años como mesero en ese restaurante, donde por igual caían sujetos tan comunes como corrientes, así como gente de la crema y nata; ya empresarios, ya políticos de cepa, de esos que están metidos hasta la médula en las situaciones de la grilla, de la polaca local, la nacional. -Déjate de sueños…-, escuchó de Eulalio, su compañero de jale, en ese restaurante tan tradicional del centro de la ciudad. Él se sentía orgulloso de su trabajo, creía que le había tocado la buena fortuna de entrar ahí y codearse con lo más plus de la élite social. Pero sentía temor. El restaurante aún no había decidido cerrar, pero ya la venta estaba baja. -Día de hueva, mi reina-, escuchó que le dijo Eulalio a la joven y guapa Sara, la cajera que, recién llegada, no salía de su celular y de postear selfis “a sus seguidores”, creía él, sus pininos para volverse youtuber, bromeaba, a pesar de que ella le decía que lo usaba para denunciar los abusos hacia las mujeres y, en una de esas, salir de la jodidez que se les endilgaba como mujeres en esta sociedad patriarcal. Una comunista de las de antes, le espetaba Eulalio. -Feminista, Eulalio, apréndetelo bien- le endilgaba ella. -Eres una simple cajera, mamacita. Ubícate. Tu aplícate aquí y en una de esas, hasta con tu “sugar daddy” sales de este negocio- recalcaba-. -En este restaurante, puro fifí, puro empresario, político de buen nivel. Capaz de que te agarras un buen “Pollito”-, le decía Eulalio, soltando las carcajadas que inundaban el lugar casi vacío, a sabiendas de que la chamaca entendía la referencia, al sonreírle en clara complicidad con el “chistecito” aquél. Chamaca estaba, pero tonta, tonta, pos nomás, no era, pensaba Julián. “Eres un pinche macho opresor”, le reviró de golpe Sara a Eulalio. Chale, le respondió este, sin atinar cómo reaccionar. Y mejor se fue a meserear.

Julián gustaba de escuchar las noticias. Siempre lo había hecho. Y el cierre paulatino de escuelas, de negocios, de empresas, lo ponía cada día más tenso. Era como la sarna, aquella con la que su madre batallaba en casa cuando era niño, y que bastaba con una buena fumigada, para salir airoso de sus achaques, donde lo peorcito de todo, era la picazón, según entonces él creía. Pero luego, bastaba con que su mamá llegará a abrazarlo y rascarle cariñosamente su cuerpo de niño, para pasarla por alto, para olvidarla, para hasta disfrutarla y dejarla así, en mera anécdota familiar. Ahí, ante la Sarna, los abrazos si podían llegar sin miedos ni remordimientos, añoraba Julián.

Ahora era diferente. Más bien, sabía que ahora era peor. Aquí nomás no dejaba de sentir la picazón. Ya no era del cuerpo. Era una más allá, esa que le apretujaba el pecho, esa que le hacía mover la cabeza de un lado para otro mientras veía los anuncios, las noticias, y en ellas, las palabras de un presidente en el que confiaba. Porque eso sí, la confianza debía sostenerse por encima de todas las cosas. Era un asunto de esperanza. Y esa, nomás, no la iba a perder.

-Eres un pendejo-, le espetó de golpe, Eulalio. Ve nomás al viejillo. No dice más que pendejadas, porque no sabe. Nomás no sabe y se hace que gobierna. -Eres uno más de esos, como todos-, le respondió Julián. -Primero los pobres. Y por ello, las cosas se están haciendo bien-,  -¿Los pobres?-, dijo sarcástico su compañero. -Tú no estás pobre, Julián. Jodido sí. Jodidísimo. Pero pobre vas a estar, vamos a estar,  cuando nos den una patada en el culo cerrando este lugar. Mira nada más el vacío, cabrón. Mira nada más las calles. Solo los pinches locos y los urgidos como nosotros nos atrevemos a salir. Bueno, y las pinches viejas locas como la Sara, que nada más como que les viene valiendo madre y no se la creen y aun se la pasa en la pendeja selfieando de aquí para allá. -´Ta re loca la Sara. O ya ni sé. Se la pasa hablando de la marcha de mujeres, que del día del paro, chale…lo que tiene de buenota lo tiene de enjundiosa, ya ves cómo subió fotos de su marcha a su facebook y todo eso. Muy orgullosa ella. Cosas de chavitas. Pero tú y yo ya no estamos tan morrillos, ya estamos viejos, Julián. Ya pesan los cuarenta y pelos. Y ahí debes ubicarte-…  -Mira Eulalio, conocemos a mucha gente, igual en una de esas, nos vamos jalando con alguien a chambear mientras este asunto pasa-, -Pinche Julián, te pasas de veras, ya no sé si eres como tu presidente, ingenuo o muy pen…sativo, ¿Y de qué le vamos a jalar? solo que sea de narcos, güey, porque por los muchos polacos y fifís que aquí nos caen, solo en algunos de esos negocios nos darán jale. Y los oficiales, que son la mera pantalla, pos ahí no nos darán ni madre. Igual en los “oficiales- oficiales”, ahí sí, donde se jalan pura carne de cañón. Y yo la neta, pos andar matando cristianos, nomás por negocio, no se me da. Yo aquí mis propinitas y el chisme de estos cabrones. Mejor jodido -que no pobre-, pero con la conciencia tranquila.

Eulalio no sabe. No escucha los mensajes completos. Es un incrédulo. Diría yo, un resentido, pensó Julián. Esta tarde, el mensaje del presidente será clave. Es salvaguardar la economía. Es salvaguardar al país. Y eso nos va a ayudar a todos a soportar lo que viene. Él, Julián, no sabe de economía. Él no puede opinar sobre eso. Pero sabe que la cosa esta difícil. No hay opción. Se vive al día. Las propinas refuerzan el día a día. -Mira Julián, mañana nos vamos a concentrar todos los meseros ahí, afuera de palacio. Hasta la Sarita va a ir, quesque en solidaridad con la causa; yo creo que más bien, pa ’actualizar su instagram en la mera bola, je. Porque eso sí: O nos hacen caso o ven como chingaos les va a ir. Esto ya está cabrón. Ya nos organizamos muchos del gremio. No´mbre cabrón, si nomás que salgamos a la calle y exijamos que si no se nos dan garantías para ver que putas hacemos en esta crisis, se le va armar, pero chingón, a este sistema. Mucho cambio, mucha honradez, pero exceso de pendejez. ¡O nos apoyan o nos apoyan, chingadamadre! Julián se queda pensando.  Él no cree que se deban hacer así las cosas. Le pide que mantenga la calma. Que lo que anunciará el presidente será lo que requiere el país. Que aguante. Que no caiga en la desesperación. Ni en la provocación. Y otra vez la picazón. Es la sarna de la ansiedad, se dice. Lo que no puede decir y mejor decide callar.

Esta fue la tarde que la presidencia se perdió. -No, cabrón. Si la bancada tenía claro que si no daba el mensaje correcto, a la chingada todos los avances que habíamos dado. Todo el trabajo para alcanzar la presidencia. Pero se encaprichó, le valió verga y se salió con la suya. Solito que se veía, como pajarito ahí en el centro del palacio de gobierno. Y así solito se va a quedar, si sigue sin escucharnos, carajo… Ya vas. Te marco de rato. Ya término y salgo de boleto para allá. Te cuelgo, güey. Ahorita nos vemos. Hey, Julián, échame la cuenta de volada que me tengo que lanzar a la rueda de prensa del partido. A enmendar las pendejadas de este ojete-. -Vaya, siempre rápido. Gracias, mijo. Siempre tú tan chingón en el servicio. Así, de lejitos, Susana Distancia, remember. Sorry, te daba propina doble pero ya ves que ahora, en el congreso hay que donar el salario pa’ seguir el ejemplo, dicen. No´mbre, si hasta sus pendejadas nos afectan a nosotros, ¿Qué no lo entiende? No, mi Julián, si después de ese mensaje tan jodido no nos lleva la chigada a todos, ya sería más que un milagro, mijo. Cuídate, mi Julián. Y que, de verdad, te sea leve.

Y ahí está, la sarna otra vez…la picazón del corazón, piensa y sonríe para sí.

-¿Tons que, mi Julián? ¿Vas a o te pandeas? Cerrado el changarro, ¿pos a donde le damos? Mi familia no espera. Ni la tuya, Julián.  – ¿Y pa´ que sirve la manifestación, Eulalio? Nada más se desestabiliza la cosa. No se remedia nada…pero, bueno ¿Cómo te lo digo, Julián? No sé si se trata de fe, de esperanza, no sé de qué carajos. Tampoco, la neta, se lo que pasa por tu cabezota, pero…´tas mal. Te confieso: yo ya tampoco lo sé, todo está mal. Uno tampoco anda bien. Eso es lo único que si te puedo decir. Todo está más que mal, de la chingada. Ya no te insisto, ya tú verás… ya me espera la Sara, que va a tomar chingo de fotos para su face, para que todo mundo sepa que pedo con nosotros. Que sepan cómo nos estamos organizando. Que esto no es mero desmadre. Que tenemos razón en salir a pedir nos apoye el gobierno ante esta contingencia. Ella sí que sabe de eso. Es bien movida. Ya ves cómo es. Se ha vuelto muy amigable. Es una chava chula. Y nos caemos rebien. Dice que le divierten mis machismos pendejos…y ya ni sé que decirle. Me desarma gacho con eso…ai nos vemos. Se hace tarde pa alcanzar a los compañeros.   No, mi Julián. Ya sabes, abracitos no. De lejitos, lo que quieras, ya ves cómo están las cosas. Espero nos demos uno pronto. Me gustaría, de verdad, mi buen. Suerte, que te vaya chingón, mi Julián.

Él estuvo al pie del cañón. Lo vio de principio a fin. Vio el gran patio vacío. Vio la gran manta a sus espaldas que lo encubrió. Los logos, la fecha. Escuchó el himno en homenaje a su presencia como máxima autoridad. Escuchó y buscó descifrar cada palabra. Y sintió raro. Al finalizar el discurso de su presidente, no supo qué pensar. No supo cómo encauzar sus pensamientos, solo supo que ese día por la mañana el restaurante había decidió sumarse al aislamiento. Y solo sabía otras cosas más: sabía que se había quedado ya sin trabajo. Sabía que ya no contaba con su día a día. Sabía que no sabía qué iba a hacer los treinta días siguientes. Sabía – estaba seguro- que no serían solamente treinta días. Lo sabía. Sabía que ya no sabía qué pensar sobre los decires de Eulalio. En ese momento, solo sabía que su familia le veía ver la televisión y nadie se atrevía a decirle nada, a cuestionar su fe, la que tanto había defendido, la que nunca se había cuestionado. Solo sabía que sentía que ya no había nada. Solo sabía que ahí, en el ambiente, estaba algo peor que la Sarna. Que el ambiente era como cuando su mamá fumigaba la casa cuando era niño, pero ahora, él era quien debía enfrentarla para defender a su familia. Pero ésta no era sarna. Y esta estaba más difícil. Que la picazón de ésta era más difícil, más dolorosa, en esta tarde, que, sin cejar, como desde varias semanas atrás, le apretaba; le apretaba, le acongojaba y le ahogaba en lo más profundo de sí.

Y ahí, en la escucha del “mensaje de la esperanza”, no quedaba más que la necesidad del abrazo contra la picazón del vacío, ese que no bastaba ya con recibirlo y rascarle su angustia de niño; ese que no bastaba para pasarlo por alto; ese abrazo que, por contingencia -le gritaban los medios- ya no existía más, para olvidarlo, para dejarlo así, más allá de la anécdota de la nostalgia de lo meramente familiar.

Corrección de estilo: Margarita López Beltrán