miércoles, junio 24, 2026

Las invasiones

En “Casa tomada”, el enigmático cuento fantástico de Julio Cortázar, los protagonistas van dejando el espacio del hogar que protegen con una simplicidad displiciente no acorde a como dicen cuidarla. Simplemente se van replegando a espacios más reducidos conforme los invasores se van apropiando de más terreno en la casa sin hacer nada para defenderse; simplemente aceptan lo que creen es su destino.

Hace unos días soñé que hablaba con Julio Cortázar en una cantina de la Ciudad de México, yo venía con varios amigos, pero nadie lo reconoció salvo yo; con su anacrónico saco, tomando Fernet con Cocacola. Lo invité a otro y con una sonrisa, aceptó. Hablamos entonces de su cuento y él se carcajeaba de recibir otra interpretación pero me decía que no lo tomara a mal, que siempre pasaba lo mismo y él había escrito un chiste cruel, como Kafka con El Proceso, que no significaba nada.

Desperté con una sensación distinta. La de que una línea escrita es ahora de quien la lee, y por tanto, pese a lo que me haya dicho su autor, el cuento habla de la pérdida de la razón y cómo muchas veces no hacemos nada por defendernos porque al igual que los hermanos, no encontramos una razón para hacerlo; simplemente nos vamos arrinconando hasta cuando llegue el momento en ser desalojados de nuestro propio espacio, de nuestra mente. La depresión antes de la absoluta locura, ante la cual ya no habría más defensas si no nos damos cuenta y nos atrincheramos antes.

La primera línea de “La insoportable levedad del ser”, de Milan Kundera me impactó mucho la primera vez que la leí a los catorce, quince años. Entonces no la entendí y no lo hice hasta más tarde, cuando empecé a leer a Nietzche y ahí me llegó lo poderoso de su primer enunciado: “La idea del eterno retorno es misteriosa y con ella Nietzsche dejó perplejos a los demás filósofos: ¡pensar que alguna vez haya de repetirse todo tal como lo hemos vivido ya, y que incluso esa repetición haya de repetirse hasta el infinito! ¿Qué quiere decir ese mito demencial?”.

Es obvio que el planteamiento del filósofo alemán no es literal, sin embargo, nos refiere como animales de costumbre, como la única especie que no aprende de sus errores para no volver  a ellos y de eso es lo que trata la novela de Kundera; de cómo nuestra personalidad nos arrastra a cometer los mismos errores pese a cuanto tratemos de evitarlo. Somos lo que somos. Tal vez podamos mejorar, pero una vez que la casa comienza a ser invadida, es difícil reaccionar adecuada y oportunamente. Como sucede con los sueños, se desvanecen conforme regresamos a la vigilia; lo que escribí arriba es cuanto recuerdo de mi encuentro con Cortázar, pero aunque cada vez con mayor vaguedad, sé que hablamos mucho tiempo, yo le mencionaba personas cercanas y él respondía como si las conociera.

Cuando desperté entendí eso, que los invasores son los sentimientos, tanto los positivos como los negativos; a los primeros llega un momento en que se les controla, los segundos son más difíciles: el rencor, el dolor, la ira, la tristeza. Y esta última es la peor, porque no siempre invade, muchas veces la dejamos entrar, le ofrecemos una taza de café, que ronde por la casa. Y a poco se va apropiando de cuanto toca por donde pasa y cambia su ropaje sexy de canciones tristes y películas hermosas por el del abismo negro que absorbe cuanto halla a su alcance, cada vez con mayor apetito. Ahí, cuando arrincona, es cuando solamente queda la opción de abandonar o enfrentar, aunque hacer esto último le dé la posibilidad al eterno retorno; si se lanza la moneda al aire para decidir, lo sabemos de antemano: cualquiera de las dos caras que caiga hacia arriba, saldrá mal de alguna u otra manera.

Por eso el narrador del cuento tiene, en su cobardía, un último momento de compasión, no para sí mismo: “Antes de alejarnos tuve lástima, cerré bien la puerta de entrada y tiré la llave a la alcantarilla. No fuese que a algún pobre diablo se le ocurriera robar y se metiera en la casa, a esa hora y con la casa tomada.”

Tal vez si le hubiera dicho esto a Julio ya no habría respondido. Lo más seguro es que hubiese dejado la barra sin decir palabra y saliera a la noche sin tirar la llave, con las manos en los bolsillos por la inexpugnable noche defeña.

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