A las jóvenes valientes del Cobach 26, 25 y las muchas más que se sumarán…
Era solo un cartel. Le llamó la atención los colores chillantes, fosforescentes. Muy de niña- se dijo, para sí-. Un papel que había amanecido esa mañana colocado en la pared de la prepa donde llevaba laborando casi 20 años. Era su rutina diaria. Lo vio de lejos. Le dio hueva tratar de descifrar que decía. Desde hacía años que su vista ya no le daba para mirar con claridad más allá de los, quizá, diez metros más allá de su nariz. No le hacía falta. Niñerías románticas de alguna alumna caliente.
Levantarse a las cinco para sacarse las sabanas y prepararse el desayuno para salir a dar sus clases a sus alumnos de bachillerato. Pequeños imbéciles. Eso eran para él. Las más de las veces no los soportaba. Pero no estaba mal. Había adquirido su base casi enseguida que había entrado, no sin reconocer las buenas intervenciones de su tío, quien bien se llevaba con el director general del Sistema. No mucho faltaba para la jubilación, solía pensar. Unos añitos más y ya estaría fuera de ese lupanar de mozalbetes imberbes.
La agitación de este día era inusual. Había que reconocerlo. La movilidad, sobre todo de las chicas del colegio, no sabía porque, pero le generaba ansiedad, lo ponía nervioso. Y si a eso sumaba la sensación que le habían dejado los colores chillantes del cartel que colgaba en el exterior del colegio, pues, la cosa comenzaba a ponerse francamente algo irritable. Ese día, a esa hora y en ese momento, los huevos cocidos que había traído de desayuno y la rancia lechuga que les había puesto, no contrarrestaron la mala sensación ni ese extraño vacío que le ranqueaba la boca del estómago, ahí, en esa, su banca. Era un buen lugar para el desayuno en el receso. Era un buen punto para estar al pendiente. Era un buen lugar para mirarlas a ellas. Era por donde más pasaban ellas.
Un punto menos. No mejor dos. No te estoy pidiendo tu opinión, Rosalba. Es igual que con Leticia. A las dos se los dije. Si no se ponen buzas, pues ni cómo ayudarles. El examen no estaba difícil. No, nada. Nada que estudiaron. Claramente se veía que ni siquiera abrieron sus cuadernos. No, no, no. No. No digas cosas que no se notan. Si quieres pasar, de verdad, hay que estudiarle. No. No se tratar de que te pongas así. Ni de que te lleves el semestre. Solo es cuestión de estudiar, Rosalba. Mira, tu sabes que me caes bien. Que eres una chica lista. No solo eres bonita. No es fácil que lo linda se junte con inteligencia. Y tú eres bonita. Has ido creciendo bonito. Tu cuerpo ha florecido mucho. Mira. Tu pelo es suave. Tu piel también. Por cierto, hueles muy rico ¿qué perfume usas? No importa. Te va bien. Mira. Yo creo que si es posible que pases. Y que no pierdas el semestre. Si. Porque si uno lo ve bien, podrías retrasarte en tus estudios. No. No estaría padre. Eres muy bonita, Rosalba. Yo te puedo ayudar. Digo, si quieres, tu dime. Acércate. No me mires así. Sé que podemos arreglarnos. No será muy difícil… tú dices. ¿Buscamos un acuerdo?
No es fácil corregir a las alumnas que no estudian. Pero deja sus beneficios. Son niñas que se sienten solas. Que necesitan cariño. A uno lo llegan a ver como un padre. Son tan cariñosas. Ellas luego saben que su futuro es primero.
La banca esta fría ese día. Y conste que ya el sol cala alto rayando más allá del mediodía. No le gustan las miradas que ha visto esa mañana. La sonrisita que María le clavó de manera extraña al revisar su trabajo que le entregaba. La quietud de Patricia que solo lo miraba de reojo. La esquivez de Susana (una de sus consentidas) que no le dirigía palabra alguna desde su llegada. Ese montoncito de alumnas que rumoraban cerca de donde había desayunado con cierta intranquilidad. Y el color chillante del cartel visto en el exterior a temprana hora. Y la movilización de un lado a otro de alumnos, maestros y alumnas, sobre todo alumnas que entraban y salían de un salón, de otro, de uno más al fondo.
Pero ya en la última hora, tenía claro que reprobaría a Juliana. Se había pasado de lista. Él, que se había ofrecido a ayudarla, cómo lo había hecho con tantas niñas que no se aplicaban, que durante generaciones había sido su salvoconducto para sacarlas adelante mediante un leve “favor” que, a bien, él sabía, ellas agradecían. ¿Qué a la tal Juliana no le había gustado que la halagara y tuviera el buen detalle de elogiar lo bien que se veía, lo bien que olía, la bonita sedosidad de su cabello? Pincha mocosa de 17 años. Claro que la reprobaría. Claro que es una chavita que no vería su semestre terminado. Pobre pendeja. Ni que estuviera tan buena. Estaba airado. Enojado. Decepcionado de las nuevas generaciones. De que esa calenturienta- bien que la conocía, se decía él- saliera con sus cosas. Esa babosa quesque le intentó según ella, dar catedra del #MeToo, le gritó que debido a tipos como él, a sujetos como él, ella y muchas como ella, tenían que gritar #NiUnaMás en las calles. Que por eso, Ingrid, Abril, Fátima, Viridiana, y tantas otras. ´Tas pendeja, le dijo. ¿Yo que carajos tengo que ver con eso? Yo no soy un acosador. Te equivocas- le espetó y sintió que fue valiente en hacerlo. Ella no se contuvo- si se pasó, aseguró él para sus adentros. Ella le dijo que era un miserable profesorcillo, un abusador de mierda. Que le sabía todas y a quienes había jodido. Tas loca, tu. Claro que dices puras tonterías. Ella en su letanía, le endilgo una veintena de nombres, de alumnas, de compañeras, decía ella, que él había violentado. Él no quiso saber más. Salió enojado. Enfurecido. Ni que estuvieras tan buena, chingao. No se lo pudo callar. Se lo tuvo que gritar. Y salió de ese salón. Su salón por casi 20 años.
Escuchaba los gritos de esa feminista. Feminista de mierda. Ella si es de mierda. Como todas. Tan jovencita y ya con esas pendejadas. Son una pandemia. Son una verdadera pandemia. Eran los gritos. Eran las miradas de sus colegas que nada hacían para apoyarlo. No lo podía creer. Eran las miradas de los alumnos. Unos serios. Otros burlones. Pequeños imbéciles. Eran las miradas de esas niñas también. Incluida la de Rosalba. La mirada de odio de Rosalba. Su alumna. Y la de Minerva, la de Lucía, la de Jazmín y su consentida, Susana…
Salió corriendo literalmente hasta el exterior de la escuela. De bote pronto, el sabor amargoso de la yema de sus huevos cocidos le había llegado a la boca. Afuera, un tumulto, alumnos, maestros, muchas chicas en el muro; ahora ya no uno, sino muchos carteles con letras fosforescentes, lilas, morados. A su presencia, muchas miradas. Pero los colores fosforescentes lo abrumaban. Quiso leer lo que se veía y que no podía ver por su déficit de vista que no le daba claridad más allá de los diez metros de su nariz. Acorto la distancia. Y pensó en la poca distancia de sus años de trabajo para su jubilación. Y pudo leer ahí, eso. Eran solo carteles con letras fosforescentes. Solo eso. Muchas con su nombre, tan desagradablemente chillante, que le caló no solo la vista. Volteo a la entrada del colegio. No eran ni diez metros a la puerta de acceso. Juliana al frente. La vio clarito. Y las demás atrás de ella. A todas, si las pudo ver claritas, apostadas a las puertas del colegio.
Pinchas mocosas. Pinches feministas. Uno cuidando su futuro y así le pagan a uno… ni que estuvieran tan buenas.





