Ojalá que nunca…

Fuera de la caja: Una columna de Chucho Ramírez

Hace algunos días, veía en redes sociales la manera en que se romantizaba la protesta.

Los casos de las protestas y manifestaciones en Chile, de Bolivia, Irán, Haití, Hong Kong, se han convertido en notas centrales en medios de comunicación nacionales e internacionales, las noticias dan seguimiento puntual de los hechos que se presentan: marchas, disturbios, actos de autoridad, violaciones, golpizas, represión, vandalismo y demás.

Las causas son varias, el origen, solo uno: El descontento.

Desigualdad económica, motivaciones políticas, incremento en los costos de combustibles y el metro, alza de impuestos, feminismo y lucha de género, protestas étnicas… Las calles del mundo se inundaron de ciudadanos y ciudadanas enojadas, el hastío era y es respirable según amigos y colegas que me platicaron lo que pasaba.

Todo ese cúmulo de información, de imágenes y de vídeos llegaron a nuestros feeds en Facebook, Twitter e Instagram. Los títulos de las notas redundaban en los muchos medios que daban espacio a la información en radio y televisión. No se diga del Internet.

No lo niego, hay algo de belleza en la protesta, no por nada es inspiración de grandes expresiones en la música, en la poesía, en la pintura y prácticamente en todo rubro del arte. Si, la protesta, la manifestación por lo general en sinónimo de la unión, de la solidaridad y del encuentro de puntos en común de los pueblos. Aunque a veces, esa unión termina también por dividir, como es el caso de los pañuelos azules y pañuelos verdes, pero bueno, eso es otra historia.

Desafortunadamente, y si, lo digo así: DESAFORTUNADAMENTE, la belleza de las imágenes de cientos de miles de personas marchando y cantando, nos ha llevado a malinterpretar su significado. No, no es algo de admirarse, no es algo digno de alabar. El porque detrás de esas fotografías no es algo que nos vaya a gustar.

Se han preguntado ¿Por qué la gente sale a protestar? La respuesta es obvia, incluso la señalé arriba en este texto, y no hay nada de bonito en ello. ¿Acaso la crisis es poesía? ¿Acaso las violaciones y abusos son musas? ¿La injusticia es materia prima del arte? ¿Encontramos inspiración en ver como seres humanos se golpean y se matan los unos a los otros? ¿Padres cargando a sus hijos muertos o lesionados llenos de sangre son postales dignas de presumir?

No nos equivoquemos, las manifestaciones son eso: la fuerza legitimada (y a veces no) del Estado en contra de la población; gente armada con palos y piedras golpeando a un policía o soldado que al igual que ellos, tiene familia y un trabajo que le da de comer; hombres contra mujeres, hombres contra hombres, mujeres contra mujeres. Chilenos contra chilenos. Seres humanos que en otros momentos estuvieron unidos bajo una misma bandera y una misma causa, hoy se enfrentaron para hacer valer lo que su posición o su labor les demande.

Sangre, lagrimas, huérfanos, viudas, padres y madres devastados, amigos inconsolables. Pocos o muchos, las víctimas de cualquier lado le duelen a alguien.

Las calles bloqueadas, los comercios cerrados, los vecindarios en silencio por las noches. Las canchas vacías, los niños en casa, las bicicletas encadenadas. Ciudades con toque de queda.

¿Se imaginan algo así en México? ¿Así cómo somos de necios y que siempre queremos ganar, se chingue el que se chingue?

Si, es bonito ver a la gente unida, pero no cuando le puede costar la vida a alguien. Yo, ingenuamente tal vez, le apuesto a que nos pongamos de acuerdo, a que dialoguemos, a que nos hagamos entender con buenos liderazgos y argumentos sólidos. Le apuesto a que juntos, a pesar de nuestras diferencias y posiciones, encontremos la manera de salir a las calles, pero a festejar que podemos ir juntos. Sociedad y sociedad, sociedad y gobierno.

Leí un post en Facebook, que decía: «¿En México para cuándo?», mi respuesta es: Ojalá que nunca.