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viernes, julio 23, 2021

Estados Unidos y Rusia regresan a una tensa calma

Estados Unidos y Rusia acordaron regresar a una “estabilidad estratégica”. Ninguna de las dos potencias está interesada en una nueva Guerra Fría. Pero no disimularon las diferencias profundas que tienen y coinciden en que todavía hay un largo camino para llegar a un acercamiento. Años luz de lo que fue la última cumbre, en 2018, en Helsinki, cuando Donald Trump se mostró muy confortable junto a Vladimir Putin y aseguró que le había creído al ruso cuando este le dijo que su país no había interferido en las elecciones presidenciales del 2016 a pesar de las abrumadoras evidencias que existían en contrario. Tampoco Trump cuestionó las violaciones a los derechos humanos del Kremlin. En esta reunión de Joe Biden con Putin, ayer en Ginebra, se anunciaron algunos avances –regreso de embajadores, armas nucleares, cambio climático- pero fue notable la tensión entre los dos presidentes en relación a los ciberataques de los hackers rusos a empresas y organismos públicos estadounidenses y el tratamiento hacia los disidentes como Alexei Navalny.

“No se necesita creerle a alguien para llegar a un acuerdo”, definió Biden en la posterior conferencia de prensa. Y dijo que se daba “3 o 6 meses” para “ver cómo van las cosas” con su par ruso. De acuerdo a su versión, “le dejé muy en claro que las consecuencias (de seguir con los ciberataques) serían devastadoras para Rusia”. Putin volvió a negar que su país estuviera detrás de las interferencias y aseguró que Navalny “se la había buscado” y por eso estaba en la cárcel. “Si llega a morir en la cárcel, será una muy mala señal de lo que es Rusia”, contestó el estadounidense. La réplica vino durante la conferencia de prensa separada que dieron los líderes. “Estados Unidos”, dijo Putin, “apoya a los grupos de la oposición en Rusia para debilitar al país, ya que ve a Rusia como un adversario”.

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La cumbre se realizó en Villa La Grange, una magnífica mansión del siglo XVIII a orillas del lago Leman con vista al Jet d´Eau, la bocanada de agua que se eleva por varios metros y es el emblema de Ginebra. En el momento de la foto dándose la mano, se produjo el primer encontronazo pero no entre los presidentes sino entre los periodistas rusos y estadounidenses que entraron a los empujones y las trompadas para conseguir una mejor ubicación. Fue un escándalo que Putin y Biden presenciaron con sonrisa congelada. “Nada sustituye una reunión cara a cara”, dijo el estadounidense. El ruso asintió y se quejó de los Zooms. Los guardaespaldas terminaron con la trifulca de la prensa y con las fotos. De esa manera comenzó la primera sesión de diálogo que duró una hora y 33 minutos. Estuvieron acompañados por el Secretario de Estado y el canciller ruso, además de los traductores. Se tomaron 20 minutos de descanso y para hacer consultas. Y siguieron con una segunda sesión de 1:27. Para Putin era algo ya conocido, se había reunido con otros cuatro presidentes estadounidenses: Clinton, Bush hijo, Obama y Trump. Biden hacía su primer viaje para verse con líderes europeos y sentar las bases de lo que será su política internacional.

Fue un regreso a la esencia de las relaciones ruso-estadounidenses. Un deja-vu de lo que en 1990 Estados Unidos y la entonces Unión Soviética definieron como una relación de “estabilidad estratégica”, que consiste en la ausencia de incentivos para que cualquier país lance un primer ataque nuclear. Desde entonces, el panorama geopolítico, tecnológico y psicológico que ayudaba a evitar la guerra entre las potencias nucleares del mundo cambió radicalmente. En la Era de la Incertidumbre que estamos atravesando y la Revolución Científico-Tecnológica que le da marco, es muy difícil definir políticas de largo plazo. Aunque se mantienen algunos fundamentos básicos como las formas de impedir la confrontación militar; gestionar la competencia global entre Estados Unidos, China y Rusia, y las rivalidades regionales que implican países como Irán, India, Pakistán, Israel o Corea del Norte; “ejercer una moderación unilateral y paralela en los despliegues y doctrinas”; y “el fomento de la confianza y otros mecanismos de prevención de conflictos”.

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La llegada de Biden a la Casa Blanca terminó con el paréntesis de 25 años de competición y enfrentamiento entre las grandes potencias. Trump había dejado un vacío de poder que fue aprovechado por China y Rusia. El liderazgo de Estados Unidos ya estaba socavado por la crisis financiera de 2008. Luego, a partir de 2014, Rusia desafió el orden global con intervenciones en Ucrania y Siria. Washington quedó apenas intentando contener a una China ascendente. Ahora regresa a la escena global un Estados Unidos dispuesto a confrontar no sólo a China en forma directa y específica sino también a la Rusia de Putin. Biden lo dijo claramente ante una pregunta sobre lo que había encontrado en el carácter de Putin. “It’s Not Personal It’s Strictly Business” (nada personal, sólo negocios), lanzó parafraseando a Al Pacino en El Padrino.

Biden es un negociador nato. Lo demostró en todos sus años en el Congreso y es famoso por sus mediaciones en las roscas entre demócratas y republicanos. También es simpático y se siente muy cómodo cuando se trata de las relaciones internacionales. Es parte de su “expertise”. Y eso es lo que llevó ante un Putin más osco pero correcto cuando se trata de la diplomacia. “No ha habido hostilidad”, dijo el ruso. “Al contrario, nuestra reunión se desarrolló con un espíritu constructivo”. Y Biden agregó: “El tono de toda la reunión fue bueno, positivo”. Pero sí hubo tensión. Y grandes desacuerdos. También alguna amenaza subyacente. Un buen primer paso después de la diplomacia de Mamut que tuvo Trump. “Veremos en que resulta dentro de tres o seis meses”, repitió el estadounidense, hasta que una periodista de la CNN le hizo la pregunta bomba: ¿Qué le hace creer que Putin va a cambiar en 3 o 6 meses?

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